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Ocho segundos

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 1 Llevo semanas en las que ni siquiera he tenido energía para entender mis deseos. La rutina me ha consumido a tal punto que creo que ni siquiera me he mirado al espejo y una parte de mí se siente despersonalizada.   Tal vez eso es una redundancia, pienso , al mismo tiempo que imagino a una mujer que viviese hace unos cien años, a comienzos de los 2000, mirando su futuro en una mujer de 30 años viviendo esta realidad que le sería tan poco familiar, tan plana.   Mi presente es demasiado distinto a aquel que esa mujer podría haber vivido. Las ciudades de ahora no son espectaculares ni ruidosas. Son eficientes y suaves. Los edificios crecen más en silencio que en altura: estructuras orgánicas, de materiales inteligentes que regulan temperatura, luz y sonido según el estado emocional del gueto. No hay obreros visibles ni andamios; las máquinas construyen de noche, como si no quisieran interrumpir la vida.   Las calles están despejadas. Casi no hay tráfico ni pri...

La niña pato

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Irónicamente, la niña pato no nació bajo un signo de agua, pero se ha pasado su vida navegando sus emociones como si no tuviese otro medio de transporte. Desde que llegase, destinada a ser la primera de su linaje, y portando un nombre de protagonista de libro, miraba su existencia como si fuese un lago interminable, temiéndole un poco a sus márgenes, pero convencida de que, para algo tenía garras en sus patas con complejo de remo, y que algún día se aventuraría a pisar la tierra, esperando romper el hechizo antidae, esa maldición de especie, que según ella le impedía volar. A veces se preguntaba para qué tenía alas, si no podía batirlas lo suficiente para migrar. Miraba con algo de tristeza a aquellos que, impulsados por una naturaleza afilada en forma de uve, podían dejar sus pantanos y sus embalses en busca de una verdadera libertad. Nadie sabe de dónde sacó la idea de que no podría surcar el cielo de sus sueños, y a veces temía ser obligada a intentarlo, pero procuraba no sumar ...

Las cucharas que se caen

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Últimamente las cucharas me siguen. Se caen tras de mi en lugares que estoy de paso, como si les fuese magnética y quisieran ser mi séquito mientras yo parezco un Hamelin sin flauta. Se aventuran al tintineo en los cafés donde me siento a esperar que las cosas cambien, en las terrazas donde escribo historias de mil vidas que son la mía, en las pocas casas donde simulo que fui bienvenida, aunque llegué sin avisar. Siempre hay una cuchara que se resbala antes de remover el chai o tocar el helado, una que golpea el piso y tiembla contra la madera de mentira, dejándome un eco metálico que insiste, como repitiendo mis pensamientos más inapropiados, como componiendo una música de luthieres de otra dimensión. De niña me dijeron que los cuchillos suicidas eran premonitorios, que cuando se caían aparecería de la nada un hombre con sed y hambre. Pero cuando caía una cuchara, se podía esperar a una mujer, que tal vez aún no había crecido.   Alguien dijo que su suerte era la de una c...

¿Dónde te pongo?

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Me veo obligada a responder desde que te soñé por cuarta o quinta vez. Porque aunque en ese sueño sabía perfectamente dónde ponerte, en la vida real, la pregunta es dónde sentirte. Mi inconsciente quería tenerte, construir un lugar especialmente para ti, como la seguridad que supiste crear para mí antes de empezar a esquivarme. Entonces… ¿dónde te pongo? Quiero que estés ahí, en esa pared blanca con cubitos, la que evoco cuando me hago esta pregunta. En ese paisaje donde vive todo lo que me importa, todo lo que deseo, todo lo que me hace feliz. A veces te pienso planta: un helecho que se derrama sin que yo sepa como cuidarlo. A veces te pienso juguete metido en su cajita, pidiéndome que te abra, para que juegue contigo. A veces te creo adorno austero y bello, oopart inventado por mis pensamientos. A veces recuerdo: una fotografía en blanco y negro, transgresora y diciente. A veces libro, algo así como un atlas de todas las partes de mi mente. A ...

Solo tú sabes

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Solo tú sabes inferir la geometría de las marcas en mi piel, mis manchas, mis lunares casi cráteres, mis pliegues, mis quemadas, mis vacunas indelebles, mis estrías intermitentes y mis arrugas incipientes. Solo tú sabes enumerar mis nueve símbolos preconcebidos, para los que cedí permiso a los artistas, que me hicieron creerme lienzo. Solo tú sabes la intención detrás de esos trazos, de esa historia mal contada, y aun sin terminar. Solo tú sabes que el primero está cerca del suelo y que tuvo forma de cuadrado antes de convertirse en arabesco y en raíz. Solo tú sabes que ahí están la génesis de mi vida con mi otra mitad, pintados de colores como si fuesen semillas de peonías. Solo tú sabes que esa primera marca llegó un día santo, para volverme diabólica a los ojos de quien vive en el prejuicio. Solo tú sabes el nombre del sólido platónico que encontró lugar detrás de mi hombro izquierdo y cuántos animales de tinta habitan en mi piel. Solo tú sabes cuál de e...

Tristeza post-visita (o el dolorcito azul)

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 Ayer tenía la firme intención de hacer yoga temprano en la mañana, pero la tristeza y el cansancio eran tan pesados que ni siquiera tuve la fuerza de inventarme excusas. Mi mente, que parecía haber dormido menos que mi cuerpo, se despertó alborotada y sensible. Tuve que hacer un esfuerzo somnoliento para que no se me notara y no tener que explicar algo a lo que ni yo sabía darle forma. Después entendí que posiblemente era el PMS, pero sé que la culpa estaba igualmente distribuida con eso que tendré que llamar tristeza post-visita. Hace unos días estuvo pisando mi mismo suelo mi mejor amiga del colegio, la que sigue teniendo ese título a pesar de que nuestras conversaciones se hayan reducido a unas cuatro o cinco al año. Ella, que sé que se siente culpable por no estar más presente, no sabe que su existencia es una de las que me hace seguir aferrada a mi mundo interior, aún hoy. Ese mundo que pocos conocen con tanta disposición a aceptarlo. Nos conocimos cuando teníamos como...

Quiero verte

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Quiero verte y se supone que esto es fácil de decir, pero no lo es. A veces el problema es el silencio, a veces el pudor, y a veces la distancia. A veces, con palabras soy incapaz de pedírtelo, porque tendría que responderte para qué. Quiero verte y que me devuelvas la mirada el tiempo suficiente para que decida esquivarte y dilatar las palabras sobre mis verdaderos deseos. Quiero que nuestros ojos se encuentren como deteniendo el tiempo, para aprender ese lenguaje que tarde o temprano terminaremos por construir juntos para aislarnos del mundo. Quiero verte como si te hubiese conocido en la infancia, y la vulnerabilidad nos saliera natural, como si no fuésemos un hombre y una mujer que deben temerse como se teme a lo que confunde al cuerpo y descontrola al inconsciente. Quiero verte a pesar de la muerte. A pesar de la ruptura de mi vida en dos, desde el momento en que te fuiste, sin ser consciente de que no hacer nada también es decidir. Quiero verte para reír de tus chistes ...